Editorial

Morir en al-Ándalus

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Por Rafael Mandressi ///
@RMandressi

El jueves pasado, poco antes de las cinco de la tarde, una furgoneta se hundió deliberadamente en la multitud que transitaba por las Ramblas de Barcelona, recorrió así más de medio kilómetro y dejó a su paso, antes de ser abandonada por su conductor, trece personas muertas y más de 130 heridos, algunos muy gravemente. Horas después, en la madrugada del viernes, otra embestida, esta vez en Cambrils, un balneario a 120 kilómetros de Barcelona, fue neutralizada por la policía, que sin embargo no logró evitar que seis personas fueran apuñaladas: cinco heridos y una muerte más. Entretanto, había venido a saberse que la matanza habría podido ser mayor, si varias garrafas de gas no hubieran estallado haciendo volar una vivienda de la localidad de Alcanar donde se preparaban explosivos que estaba previsto usar para cometer un atentado de mayor porte.

Más allá de los lugares, las fechas y el número de víctimas, Barcelona y Cambrils son dos episodios más de una tragedia monótona, en la que los protagonistas cambian pero las escenas se repiten. Dos nuevas lágrimas de un llanto ácido, que ni bien se apaga en algún sitio se desata en otro, al igual que el miedo, el estupor, la furia, el asco. Sólo en Europa y en el último año las calles se tiñeron ocho veces, de rojo primero y de negro después, al paso de vehículos lanzados a matar gente, a triturar a quien sea, a llevarse adherida a la chapa la vida y la sangre de cuantos paseantes se pudiera. Niza, Estocolmo, Berlín, Londres, Levallois en las afueras de París, y ahora Barcelona, sus habitantes y sus turistas de agosto.

La ruleta criminal volvió a España, trece años después de los 191 muertos en la estación madrileña de Atocha, el 11 de marzo de 2004. En esa década larga, el mismo espanto visitó decenas de países y de ciudades, se mezcló en guerras sucias, viajó en aviones cargados con bombas, se vistió de artesano del asesinato ciego fabricando armas caseras o empuñando cuchillos, consiguió fusiles y alquiló autos o camiones. Cumplió órdenes, dijo actuar en represalia, invocó dioses infames o la defensa de civilizaciones presuntamente amenazadas, se militarizó o prefirió confiar en aficionados más o menos solitarios. Tomó rehenes antes de degollarlos, sembró de cadáveres una plaza, una esquina, un barrio, una parada de ómnibus, un teatro, una ciudad entera. Pegó en las noches, en las mañanas y en las tardes, comió y vomitó para volver a comer y vomitar de nuevo. Y regresó a España.

O, mejor dicho, a la península Ibérica, a al-Ándalus, ya que esta vez, como otras, la masacre se perpetró en nombre de la yihad, y la organización Estado Islámico no tardó en apropiársela, un año y medio después de haber prometido, a través de uno de sus videos, recuperar ese territorio que formó parte del imperio árabe durante siete siglos. No es posible afirmar que ése haya sido el móvil del atentado, así como tampoco se puede concluir rotundamente que haya estado ausente de las mentes de sus autores, instigadores o inspiradores. Siempre son varios los motivos, y a menudo son también confusos, pero en ningún caso deja de haber una doctrina, por más oscura que sea. Una ideología redentora, eventualmente milenarista, capaz de mover lo que los intereses, por sí solos, no alcanzan a llevar al paroxismo.

Esas doctrinas están vivas, y lo estarán todavía, más vale asumirlo, por un buen tiempo. No se las disipa de un día para otro, ni mucho menos con respuestas armadas, no dependen de la desaparición de una organización, ya que otras vendrán a suplantarla, como ya ha ocurrido, para encarnar y propalar las mismas ideas, los mismos propósitos, la misma angustia criminal. Los mismos fines y los mismos medios, que ya ni siquiera se distinguen. Habrá pues que decidir cómo se resiste, sabiendo que seguirá habiendo quienes preparen, aquí o allá, atrocidades de esta naturaleza, y que no todas podrán evitarse. El riesgo cero no existe, la seguridad absoluta es una fantasía peligrosa, y pocas cosas protegen más y mejor, a la larga, que escupir el rostro de los asesinos levantándose juntos cada vez, para saludar a los muertos y volver a vivir.

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Emitido en el espacio Tiene la palabra de En Perspectiva, lunes 21.08.2017

Sobre el autor
Rafael Mandressi (Montevideo, 1966) es doctor en Filosofía por la Universidad de París VIII, historiador y escritor. Desde 2003 reside en París, donde es investigador en el Centro Nacional de Investigación Científica, director adjunto del Centro Alexandre-Koyré de historia de la ciencia y docente en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales. Es colaborador de En Perspectiva desde 1995.