Editorial

Montevideo existe

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Por Rafael Mandressi ///
@RMandressi

M√°s de una vez, en las ma√Īanas de En Perspectiva o en las noches de El Hex√°gono, se escuch√≥ tocar y cantar a Alain Bashung, un peso pesado de la canci√≥n francesa de los √ļltimos cuarenta a√Īos. Un tipo singular, estremecedor muchas veces, y convertido ya en un √≠cono, seguramente a su pesar, cuando un c√°ncer de pulm√≥n se lo llev√≥ en marzo de 2009. La muerte dej√≥, como casi siempre, cosas pendientes: hab√≠a grabaciones hu√©rfanas, suspendidas en el humo del √ļltimo cigarrillo, entre los ojos ya casi cerrados de Bashung y sus lentes negros. Las instrucciones eran que se hiciera de ellas lo que se quisiera. Y se quiso hacer un disco, un nuevo disco, p√≥stumo, disponible desde hace poco m√°s de una semana. Re√ļne once canciones, y una de ellas se llama Montevideo.

Viento bajo el sombrero, tango en la piel, gaviotas, miles de amantes que se besan echados en el suelo, cometas que flotan sobre el mar, con cosas as√≠ se dibuja el Montevideo de la canci√≥n de Micka√ęl Furnon que, a una d√©cada larga de distancia, suena en la voz de Bashung. Me digo, sin otro fundamento que un amor equivocado y una gota de sangre en la memoria, que es para m√≠. Que de alguna manera soy, si no el √ļnico, por lo menos uno de los mejores destinatarios de esa canci√≥n, uno de los que al escucharla hacemos que deje de ser una canci√≥n m√°s, una entre otras ‚Äď ¬Ņc√≥mo va a ser una canci√≥n m√°s, si habla de Montevideo y la canta Bashung?

Nada m√°s absurdo que ese sentimiento, siempre y cuando pueda haber sentimientos absurdos. En todo caso, no es la primera vez. No es la primera canci√≥n. Paolo Conte compuso Sudamerica en 1979, pero lleg√≥ a mis o√≠dos veinte a√Īos despu√©s, con la voz rasposa de Conte hablando de un personaje que ten√≠a ‚Äúla genialidad de un Schiaffino‚ÄĚ. ‚ÄúLa genialidad de una palmadita‚ÄĚ, dec√≠an las traducciones de la letra, hechas por personas que sabr√≠an mucho de italiano, pero poco de f√ļtbol, y menos de Uruguay. El Schiaffino genial era Juan Alberto, el del gol del empate en Maracan√°, el de Pe√Īarol y el Milan, el de la rambla de Piri√°polis en los a√Īos 70. No me cab√≠an dudas: √©ramos relativamente pocos, incluso muy pocos, quienes a lo largo de dos d√©cadas hab√≠amos sacado del inc√≥gnito al Pepe Schiaffino, y restaurado, por lo tanto, no solo la justicia, sino el sentido de la canci√≥n. Paolo Conte, tambi√©n √©l, la hab√≠a escrito para m√≠.

Otros más lo hicieron o lo harían, antes y después, a veces con letra, a veces sin ella. Duke Ellington, por ejemplo, compuso y grabó en 1953 un tema llamado Montevideo. En 1941, Dick Haymes estrenó en el disco, con la orquesta de Harry James, el foxtrot Montevideo, de Ernest Gold, Don McCray y Robert Sour, que Bobby Short volvió a grabar en 1958. En Francia, la ya lejana y entonces muy popular Rina Ketty cepilló en 1939 con su acento italiano la canción Montevideo, de Henri Varna y Bobby Fischer, y en 1953 fue Pierre Malar quien grabó su propia Montevideo, de Hubert Ithier y José Cana. También está, y sumo y sigo, el Montevideo de Pat Metheny en 1996, y el del quinteto de jazz del trompetista italiano Paolo Fresu en 2006, todos escritos para que tarde o temprano yo diera con ellos.

S√≠, inevitablemente, como di, en su momento, con la obra de teatro alemana Das haus in Montevideo, de 1945, transformada en largometraje dos veces, en 1951 y en 1963, o con otras tantas irrupciones de Montevideo en esquinas inesperadas. Apariciones improbables, desacostumbradas. Tanto, que no puedo sino estar a su acecho. Involuntariamente, casi con desgano. Es m√°s: con algo de irritaci√≥n, al saber que no me es posible desconectar ese radar. Es una atadura, la maldici√≥n de la inexistencia con la que uno cree cargar y que se traduce en sorpresa cuando alguna se√Īal la desmiente. Pues bien: Montevideo existe, al fin y al cabo. Existe en esos fogonazos fuera de tiempo y de lugar, existe en esos pedazos de imaginaci√≥n ajena, a veces tosca, existe flotando en las alusiones irreales y en la fantas√≠a distra√≠da de terceros.

Montevideo existe ahí tanto como en cualquier otra parte, y es un doble alivio. Porque existir solo para uno mismo es fácil, pero tan desconsolador como no tener sino llamadas perdidas en el teléfono, y porque me guste o no, con las piezas de esa existencia se arma también, cada tanto y siempre sin terminar, el rompecabezas de la mía.

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Emitido en el espacio Tiene la palabra de En Perspectiva, lunes 03.12.2018

Sobre el autor
Rafael Mandressi (Montevideo, 1966) es doctor en Filosofía por la Universidad de París VIII, historiador y escritor. Desde 2003 reside en París, donde es investigador en el Centro Nacional de Investigación Científica, director adjunto del Centro Alexandre-Koyré de historia de la ciencia y docente en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales. Es colaborador de En Perspectiva desde 1995.