Editorial

Enfermos irrecuperables

Por

Facebook Twitter Whatsapp Telegram

Por Rafael Mandressi ///
@RMandressi

Una columna a veces no basta. Unos pocos minutos, tres o cuatro mil caracteres obligan a la s√≠ntesis y a omitir o a consignar apenas alusivamente aspectos que habr√≠an podido plantearse con m√°s detenimiento. Volver sobre un tema, ampliar o precisar lo dicho, no es sin embargo amable con el formato, que no es propicio al desarrollo por entregas. Pero traiciono hoy las buenas pr√°cticas estil√≠sticas, para no dejar en el caj√≥n de los descartes un par de cosas relacionadas con los casos recientes de abuso sexual y asesinato de dos ni√Īas.

A esos casos, y sobre todo a sus efectos p√ļblicos, me refer√≠ el lunes pasado, con solo una menci√≥n a la condici√≥n de ‚Äúenfermos‚ÄĚ que se suele atribuir a los autores de cr√≠menes semejantes, y que por cierto no falt√≥ esta vez. El asunto merece algo m√°s que el pu√Īado de l√≠neas en que lo apret√© hace una semana.

La enfermedad es cosa pl√°stica, tiene l√≠mites que no siempre son f√°ciles de trazar. ¬ŅCu√°ndo aparece? ¬ŅQu√© umbrales marcan su irrupci√≥n? ¬ŅQu√© es enfermedad y qu√© no? Un c√°ncer, una diabetes, una gripe tienen para s√≠ la claridad palpable del cuerpo agredido, afectado, disminuido. Pero no siempre esa claridad alcanza: un dolor de muelas tambi√©n la tiene. Las fronteras de la enfermedad son adem√°s m√≥viles, variables: lo que hoy es enfermedad tal vez ayer no lo fuese, quiz√° no lo sea ma√Īana, y lo que entra o sale del repertorio nunca es s√≥lo el resultado del conocimiento supuestamente neutro y sereno de la ciencia.

Por lo dem√°s, la enfermedad suele salir de su cauce estrecho y hacerse met√°fora de lo defectuoso, o de lo desviado, desde las ‚Äúpatolog√≠as‚ÄĚ en la construcci√≥n hasta las ‚Äúenfermedades sociales‚ÄĚ. Instituir la desviaci√≥n en enfermedad, designar una conducta como el efecto de alg√ļn trastorno es tapiar con biolog√≠a el espacio de la moral y comprar causas a precio de liquidaci√≥n.

La enfermedad ajena facilita las cosas, autoriza a despachar el crimen como una anomalía, a no darle muchas vueltas al tema, a colocar un mostrador en el universo: de un lado ellos, del otro nosotros, y en ese boliche no se fía, ni hoy ni nunca. Si la bestia no estuviera enferma, en cambio, las cosas se pondrían más complicadas, porque sin locos no hay locura y se volvería necesario el engorro inquietante de explicar las atrocidades cuerdas.

Pero hay a quien remitirse para despejar dudas, hay expertos que saben y que dirán si el monstruo está enfermo, cuál es su patología y qué hacer con él en consecuencia. Antes de entregarles al monstruo para que lo diagnostiquen, convendría preguntarse, sin embargo, qué saben los que saben, cuál es la fuerza y la fiabilidad de ese saber al que se transfiere la capacidad de incidir decisivamente en algo tan serio. Ocurre que un saber, por más científico que sea o pretenda ser, es provisorio y lábil, carece siempre de pruebas definitivas y no se elabora ni se aplica en el limbo sino entretejido con la sociedad, la misma, dicho sea de paso, donde se cometen crímenes estremecedores.

Se espera de los expertos, los t√©cnicos o como quiera llam√°rseles, que se expidan, por ejemplo, sobre si una persona es recuperable o no. Supongamos que dictaminan que no, lo cual significa que un sujeto pasa de estar enfermo a serlo, y por lo tanto a ser eternamente peligroso. No cabe entonces sino encerrarlo de por vida, vigilarlo de por vida, aislarlo de por vida, m√°s all√° de la pena m√°xima que pueda recibir ‚Äď que, por el momento, como se sabe, en Uruguay no es perpetua. Parece poco sensato tercerizar as√≠, deleg√°ndola en un grupo profesional, una porci√≥n considerable del poder de definir la suerte que corresponde reservarle a un individuo. Sobre todo porque treinta a√Īos despu√©s, los expertos ya no ser√°n los mismos, y quiz√° su opini√≥n tampoco.

Mejor sería dejar la enfermedad fuera de los juzgados, acabar con la patologización de los criminales, y terminar, por consiguiente, con la discusión inconducente sobre si son recuperables o irrecuperables. Después de todo, nadie sabe muy bien cómo recuperarlos, poco y nada se hará para lograrlo, y a casi nadie le interesa.

***

Emitido en el espacio Tiene la palabra de En Perspectiva, lunes 04.12.2017

Columna relacionada
Tiene la palabra: Crimen y castigo, por Rafael Mandressi

Sobre el autor
Rafael Mandressi (Montevideo, 1966) es doctor en Filosofía por la Universidad de París VIII, historiador y escritor. Desde 2003 reside en París, donde es investigador en el Centro Nacional de Investigación Científica, director adjunto del Centro Alexandre-Koyré de historia de la ciencia y docente en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales. Es colaborador de En Perspectiva desde 1995.