Editorial

El presidente y los contadores

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Por Rafael Mandressi ///
@RMandressi

Corr√≠a el a√Īo 1995. En Francia, Fran√ßois Mitterrand llegaba al fin de su segundo mandato. Elegido por primera vez en mayo de 1981, cuando los per√≠odos presidenciales duraban todav√≠a siete a√Īos, el viejo presidente se acercaba a la m√°s larga permanencia en funciones que un jefe de Estado hab√≠a podido alcanzar en la Rep√ļblica francesa. Catorce a√Īos.

Mitterrand estaba enfermo. El c√°ncer, que se le hab√≠a diagnosticado cinco meses despu√©s de su primera elecci√≥n y hab√≠a sido mantenido en secreto durante m√°s de una d√©cada, se lo estaba llevando. Llegaron las elecciones, se produjo la transmisi√≥n de mando, y algunos meses despu√©s, el que hab√≠a sido el primer jefe de Estado socialista de la Quinta Rep√ļblica decidi√≥ poner un t√©rmino a todo tratamiento y dejar que por fin el cangrejo ganara, como ocurri√≥ poco m√°s tarde, en enero de 1996.

En sus √ļltimas semanas de presidencia, ya casi por completo devorado por el bicho inexorable, Mitterrand quiso volver a visitar la bas√≠lica de Saint-Denis, donde est√°n sepultados los monarcas, desde Clodoveo, hace quince siglos, hasta Luis XVIII, el primero de los reyes de la Restauraci√≥n tras la ca√≠da de Napole√≥n Bonaparte. ‚ÄúSoy el √ļltimo de los grandes presidentes‚ÄĚ, habr√≠a dicho Mitterrand a la salida de la bas√≠lica; ‚Äúdespu√©s de m√≠ no habr√° m√°s que financistas y contadores‚ÄĚ.

Ser√≠a f√°cil darle la raz√≥n a ese portento pol√≠tico en retirada, proyectando su frase de hace 22 a√Īos en el actual presidente y exempleado del banco Rothschild, Emmanuel Macron. La ferocidad soberbia del Mitterrand moribundo parece, en efecto, un pron√≥stico hecho a medida para un mandatario que fue banquero de negocios y que como tal se gan√≥ en su momento el apodo de ‚ÄúMozart de la finanza‚ÄĚ.

Ser√≠a f√°cil, s√≠, porque ser√≠a olvidar que entre Mitterrand y Macron hubo otros tres presidentes de la Rep√ļblica francesa: Jacques Chirac, Nicolas Sarkozy y Fran√ßois Hollande, quienes contribuyeron muy poco, sin ser financistas ni contadores, a desmentir la profec√≠a de su predecesor. Pero la facilidad principal vendr√≠a de creer que se trata de un asunto meramente franc√©s, a considerar s√≥lo desde el √°ngulo de una etnograf√≠a pol√≠tica ciertamente muy rica pero idiosincr√°sica, cuyos rasgos espec√≠ficos no cabe extrapolar.

No obstante, en este caso s√≠ cabe, y para ello vale traer a colaci√≥n otro episodio franc√©s, y nuevamente a Mitterrand: al comienzo de su segunda presidencia, en 1988, no tuvo m√°s remedio que nombrar como Primer ministro a su antiguo rival dentro del Partido Socialista, Michel Rocard. Rocard era el Se√Īor de los N√ļmeros, un socialdem√≥crata experto en el dise√Īo de medidas razonables y minuciosamente pensadas, un posibilista riguroso y austero. Un hornero, haciendo nidos de barro ante el √°guila presidencial. Cuentan los periodistas veteranos que, a la salida de las reuniones entre ambos, las frases ofuscadas de uno y otro eran: ‚Äú¬°Cu√°nta incompetencia!‚ÄĚ, y ‚Äú¬°Qu√© falta de cultura!‚ÄĚ: Mitterrand el ‚Äúincompetente‚ÄĚ versus Rocard el ‚Äúinculto‚ÄĚ.

Esa dicotom√≠a es importante: lo era ayer y sigue si√©ndolo hoy. Se dir√° que lo mejor es contar con gente que sea a la vez competente y culta. Sin duda, aunque en lo medular la cosa no tenga tanto que ver con personas ni con las cualidades que las adornen, sino con opciones m√°s generales. ¬ŅQu√© se prefiere al frente de la cosa p√ļblica? ¬ŅIndividuos que instalen la ‚Äúgesti√≥n‚ÄĚ al mando o que la supediten a la decisi√≥n pol√≠tica y consideren, como en su momento el general De Gaulle ‚Äď Francia otra vez ‚Äď, que ‚Äúla administraci√≥n acompa√Īar√°‚ÄĚ?

Se puede pensar que Mitterrand err√≥ al vaticinar que con √©l se cerraba una √©poca, y que su propio eclipse no fue, como √©l cre√≠a, el canto del cisne de los ‚Äúpresidentes‚ÄĚ, ni sell√≥ el advenimiento de la era de los ‚Äúfinancistas‚ÄĚ y los ‚Äúcontadores‚ÄĚ. Quiz√° haya casos, aqu√≠ o all√°, que parezcan contradecir esa predicci√≥n crepuscular, pero son espuma. En el mediano o largo plazo, el presidente agonizante puso el dedo en una llaga que no ha cesado de agrandarse, y que se resume en una pregunta: ¬Ņqui√©n y d√≥nde se corta el bacalao? Si se constata que all√≠ donde hay democracia lo que se decide es cada vez m√°s accesorio, y que las decisiones que realmente pesan y duelen se toman cada vez m√°s en esferas donde no hay democracia, se podr√° concluir que, m√°s all√° de su megaloman√≠a, el √ļltimo verdadero rey de Francia sab√≠a olfatear el horizonte.

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Emitido en el espacio Tiene la palabra de En Perspectiva, lunes 25.09.2017

Sobre el autor
Rafael Mandressi (Montevideo, 1966) es doctor en Filosofía por la Universidad de París VIII, historiador y escritor. Desde 2003 reside en París, donde es investigador en el Centro Nacional de Investigación Científica, director adjunto del Centro Alexandre-Koyré de historia de la ciencia y docente en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales. Es colaborador de En Perspectiva desde 1995.