Editorial

Crimen y castigo

Por

Facebook Twitter Whatsapp Telegram

Por Rafael Mandressi ///
@RMandressi

Pocas cosas hay más delicadas que reaccionar ante crímenes horrendos, cuya naturaleza oscura y abyecta petrifica, aturde como un golpe en la sien, sobrecoge. Es difícil conciliar el silencio del respeto y los alaridos de la repugnancia, es difícil el dolor ajeno, inimaginable, y es difícil el espanto propio, que navega en el agua embravecida de la furia.

La furia. Furia que provoca el asesinato de ni√Īos, de dos ni√Īas en pocos d√≠as, asesinatos que demuelen, que hacen estallar la desesperaci√≥n y enfr√≠an la carne. Y atr√°s de la furia llegan la indignaci√≥n y las protestas, los reproches a quienes habr√≠an podido hacer m√°s, o antes. Y llegan tambi√©n los n√ļmeros: que cu√°ntos ni√Īos fueron asesinados en los √ļltimos a√Īos, que cu√°ntos de cada sexo, que de cu√°ntos de ellos se abus√≥ antes de matarlos, para pasar despu√©s a los corolarios de esa contabilidad, que distribuyen m√©ritos y verg√ľenzas, parcialidad e incoherencia, cuando no sugieren anteojeras militantes y quiz√° hasta intereses espurios: qui√©n se moviliz√≥ en su momento por aquellos ni√Īos, qui√©n se acuerda de tantos otros asesinatos infames, y por qu√© ahora el llanto rasga as√≠ las vestiduras. Una ni√Īa, dos ni√Īas mueren horriblemente, y todo el mundo parece tener cuentas para cobrar, todo el mundo parece tener cuentas que rendir.

Y all√≠, agazapada en medio de la tristeza y los gritos, viborea la pena de muerte, siempre lista, siempre al alcance de la mano como si de un calmante se tratara. Matar a quien mata, o mejor a√ļn: entregarlo al pueblo, como dijo alguien, para que el pueblo lo devore y pueda digerir el mal. ¬ŅY por qu√© no su cabeza en una pica, ya que estamos? ¬ŅO rehabilitar las ordal√≠as, puesto que la justicia no hace nada, o hace poco, mal y tarde? No hay justicia, apenas un poder judicial, una administraci√≥n timorata, proverbialmente laxista, que se ocupa, entre otros detalles, de las garant√≠as. Qu√© garant√≠as ni qu√© cuernos, si todos sabemos lo que los asesinos de ni√Īos merecen, si tan s√≥lo se nos permitiera d√°rselos.

Para pensar esas cosas, subido a la carreta que lleva las guada√Īas, est√° el populismo punitivo. Tanto da si resuelve algo, tanto da si repara o previene, su voz ronca no se priva de hablar, como buen ventr√≠locuo, por boca de un senador que pide estudiar la adopci√≥n de la cadena perpetua, o de una senadora que reclama la castraci√≥n qu√≠mica, tal vez dejando la castraci√≥n quir√ļrgica para la pr√≥xima. En tanto, otro senador recuerda que ya present√≥, por dos veces, un proyecto para crear un registro de violadores y acosadores que hayan atentado contra la ‚Äúintegridad sexual‚ÄĚ de menores, de manera de hacer p√ļblica una suerte de lista de monstruos para que todo buen ciudadano pueda, como m√≠nimo, escupirlos.

Son enfermos, sentencian a su vez personas que aducen credenciales para ello. Y hay quienes lo dan por bueno, tanta es la necesidad de una explicación. Lo abominable tiene que tener alguna raíz, no puede ser arbitrario, es indispensable que no sea porque sí. La patología es para eso un buen auxilio, se parece bastante a la fatalidad, nos pone al abrigo de toda responsabilidad, permite sacar de circulación a esos sujetos, quizá definitivamente, y nos tranquiliza un poco, porque al fin y al cabo nosotros somos sanos.

Eliminar a la bestia, extirparla, suprimirla con fiereza y así resarcirnos, además de limpiarnos. Eso, tan simple, es lo que hace falta. Cuando todas las bestias hayan sido destrozadas al fin, ya no ocurrirán horrores semejantes. Habremos quedado entre nosotros, que por cierto no somos bestias ni las parimos, que no somos enfermos atrapados en espirales de pulsiones malsanas ni gente peligrosa, que nada tenemos que ver con la inmundicia que habitaba en nuestra casa sin que lo supiéramos, que somos insospechables de haber contribuido a la corrosión que produjo deformidades aberrantes. Entonces podremos dormir tranquilos. Hasta que un buen día, ingenuos de nosotros, volvamos a despertarnos sudando.

***

Emitido en el espacio Tiene la palabra de En Perspectiva, lunes 27.11.2017

Sobre el autor
Rafael Mandressi (Montevideo, 1966) es doctor en Filosofía por la Universidad de París VIII, historiador y escritor. Desde 2003 reside en París, donde es investigador en el Centro Nacional de Investigación Científica, director adjunto del Centro Alexandre-Koyré de historia de la ciencia y docente en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales. Es colaborador de En Perspectiva desde 1995.